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¿El Mejor de los Mundos Posibles?
Ciencia y tecnología han tenido un desarrollo vertiginoso en los últimos tiempos, aún así, se hace dificil que podamos asumirnos como la especie más sabia u homo sapiens, menos aún ante los actos barbáricos de vencedores y vencidos en los conflictos orbitales recientes. A continuación, pretendo ofrecer al lector un estímulo blando que suscite algún grado de inquietud sobre las bondades y pesares de nuestra civilización y cuestionar la afirmación según la cual, vivimos en el mejor de los mundos posibles.
El relato bíblico del Génesis ubicó al ser humano como la obra más elevada del plan de Dios, semejante al Creador y diferente a la Naturaleza a la que debía regir y dominar. Consecuente con esta premisa, la cultura occidental destaca como su prioridad el desarrollo de formas cada vez más confortables para vivir en el mundo, en vez de desarrollar la capacidad de hacerse parte de él. Uno de los personajes virtuales del film Matrix ilustra esa tendencia perturbadora de la sociedad de consumo, cuando al hablar de su odio de los seres humanos nos compara con los virus, caracterizados por su rutina de invadir un medio, reproducirse en él, agotar sus recursos y luego abandonarlo para ocupar otro nuevo.
La conocida Ley de Moore afirma que el conocimiento científico y tecnológico se ha ido renovando en forma hiperbólica. En la antigüedad los cambios epistemológicos se daban con una diferencia de siglos, en la primera mitad del siglo XX
con un intervalo de décadas y en la actualidad se concidera que el conocimiento se transforma cada dos años de forma significativa. Esto hace pensar que un miembro de una rama del conocimiento (un psiquiatra por ejemplo) alejado de los nuevos desarrollos, se encuentra desactualizado en ese lapso.
La avalancha de información hace temer su empleo descuidado y acrítico por la comunidad científica y más aún por el común de las gentes. Poseer el conocimiento ha sido sin duda una fuente de poder, tanto en el hombre de las cavernas como en el moderno. Empero, tener acceso a los últimos avances en la Internet, no equivale a tener desarrollada la capacidad de pensar, mucho menos garantiza la felicidad, por el contrario puede sumirnos en lo que R. Reig llama la caverna cibernética, con riesgo de alienar a sus asiduos consumidores.
Existe una tendencia a mostrar el avance de la ciencia como la tabla de salvación de la humanidad, el nuevo Dios. En este punto, es pertinente advertir que tanto la ciencia como la tecnología son productos culturales propios de la actividad humana, por tanto posee al menos las limitaciones cognitivas y éticas que las constituyen como humanas. Las primeras se dan por la extensión del saber y la cortedad de nuestro entender, las segundas están dadas en razón de aquello que conviene y aquello que no conviene conocer.
Informes de la Organización Mundial de la Salud muestran preocupantes indicadores de enfermedad mental, en especial depresión y ansiedad, en los países más civilizados e industrializados, muy por encima de las cífras encontradas en países en vías de desarrollo o en conflicto como Colombia. Entre tanto, las investigaciones que evalúan el grado de felicidad de las poblaciones han arrojado el paradójico resultado de que, es en estos últimos países donde se dan los mayores grados de satisfacción. Esto podría indicar conformismo, pero también sugerir que no existe una relación directa entre un mayor desarrollo científico y tecnológicoy un mayor grado de felicidad de los individuos.
El filósofo N. Rescher, esclarece mejor este problema al retomar las distinciones hechas por Aristóteles entre los conceptos de placer (hedoné) y de satisfacción racional (eudaimonía). Rescher toma la primera como aquella felicidad afectiva, propia de la diversión pasajera y volátil, apta para el consumo y por tanto fácil de hallar en la sociedad tecnológica de nuestro tiempo, signada por un gran vacío existencial y carente de sentido, y la segunda como aquella felicidad reflexiva, equivalente al contento mental, ardua de conseguir, pero esta sí portadora de sentido y que persigue conocer pero también entender.
En el caso de los profesionales de la salud, consideraciones de rentabilidad, eficiencia y productividad, pueden hacer que se vea como valor positivo la capacidad para negociar, pactar o en otras ocasiones contemporizar con prácticas, que si bien conducen a crear la imágen del éxito profesional, impiden ver su impacto e inconveniencia en la sociedad y el entorno inmediato.
Discriminar entre el conocimiento conveniente y la basura informativa con ropaje de primicia, es importante para la sociedad en general, para la comunidad científica y para el ejercicio de la psiquiatría en particular. La tendencia de los Estados (incluyendo Colombia) de apoyar sólo aquellos proyectos científicos y tecnológicos que tengan alta rentabilidad y que sean productivos en el corto plazo, tiene grandes implicaciones éticas y políticas. Ya lo afirmaba el Premio Nobel de física Erwin Schrödinger, cuando hacía notar que los mayores descubrimientos de la ciencia no han tenido en principio una utilidad práctica inmediata, destacando de paso el valor de apoyo brindado por ciencias como la sociología, la historia, la filosofía, etc. para orientar los hallazgos científicos.
La falta de cuestionamiento de la información que damos o recibimos como profesionales de la salud mental hace que con frecuencia nos hagamos los de la vista gorda frente al fenómeno de la iniquidad. Hemos aceptado pasivamente que existan derechos diferenciales a la salud, lo que lleva a formas de enfermar diferenciales, adoptamos formas diferenciales de diagnóstico y tratamiento, estigmatizamos luego las diferencias y así participamos con mayor o menor conciencia del proceso de psiquiatrización de la sociedad.
Una alternativa para la redención de la ciencia y de la práctica psiquiátrica está en fomentar la autocrítica entre quienes la ejercen y la reflexión sobre la ideología que subyace en ella. El estudio de nuevas visiones y de modelos culturales que en muchos casos son descalificados por arcaicos o primitivos pueden arrojarnos luz sobre estrategias de desarrollo sostenible y nos debe llevar a reevaluar la idea de lo que para nosotros como Occidentales y Colombianos significa VIVIR BIEN.
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